Unión Latinoamericana

final-editorial La idea de la Unión Latinoamericana se entreteje así desde sus inicios con la utopía que, en cada circunstancia histórica, excede la realidad vivida, poniendo en marcha acciones instituyentes, redefiniendo conceptos y abriendo nuevos horizontes de lo posible. Hoy esa realidad es la de una integración regional viable e intentada en parte, alentada por las experiencias democráticas de varios países del continente que, afirmando una soberanía de nuevo tipo, están abiertas a un reordenamiento regional de sus políticas e intereses nacionales. La integración de las naciones requiere un renovado sentido de la soberanía democrática que incluya la participación de los ciudadanos en la discusión y solución de los problemas y desafíos comunes producidos por la globalización tecno-económica: migración, medio ambiente, desarrollo agrícola, cooperación científica y técnica, criminalidad, entre otros.

La unión latinoamericana tiene una extensión mayor que las experiencias de integración económica, basadas en la finalidad pragmática de la unión contra la crisis económica, o motivadas por la creación de un escudo defensivo frente a los riesgos de un sistema que se hace mundo. La retórica de la integración invocada en América Latina por organismos públicos nacionales o internacionales no logra, en efecto, plantear espacios post-nacionales concretos de democratización de lo público más allá de los que ofrecen los mercados compartidos. La insistencia en la integración en contraste con su ineficacia político-institucional nos llevan a pensarla, en parte, como un dispositivo ideológico. Este análisis no conduce a renunciar a la exploración del potencial normativo y emancipatorio de la noción misma de Unión. En efecto, el llamado a la unión tiene en América Latina un componente emancipatorio indispensable a la hora de plantear agendas de lucha por la igualdad, la defensa de la interculturalidad o la reducción de la violencia, ya sea en el plano institucional o en la sociedad civil. No se puede ignorar que en América Latina está en curso una disputa fundamental en torno al proceso de integración de la región, entre los proyectos delineados por los movimientos populares y los planes de poderosos grupos económicos apoyados por los organismos multilaterales.

Tenemos que explorar un nuevo concepto de identidad y de integración que haga posible la convivencia ciudadana más allá de las fronteras, sin que la singularidad y la diferencia sean sacrificadas en el altar de la homogeneidad nacional, ni reenviadas a un fondo identitario excluyente o a esencialismos gregarios. Entendemos que en América Latina cualquier proyecto de unión implica una revisión de las formas históricas de organización nacional y una vuelta sobre los valores que pusieron en disputa el sentido de lo común en los momentos fundacionales. América Latina es parte de un continente heterogéneo, compuesto por naciones cuyos recorridos históricos dieron lugar a tradiciones políticas diferentes bajo la misma forma de estados nacionales, todas ellas, sin embargo, marcadas por el pasado colonial. Los problemas de integración de sus poblaciones determinaron comunidades políticas no igualitarias, con divisiones sociales, culturales y étnicas profundas, que se prolongan como el revés de una trama en los procesos democráticos. En esta línea deberíamos animar a la participación ciudadana y al compromiso de los medios de comunicación donde se fuera creando una opinión pública que exigiera a la clase política ponderar el tema de la unión latinoamericana y que miren los problemas internos de sus respectivas naciones.

Lilian Ortuño R.

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